domingo 5 de abril de 2009

Ancha es castilla...(parte III)

El tercer día del viaje amaneció tan caluroso y seco como los anteriores. Después del reparador sueño de la noche anterior y de un copioso desayuno comenzamos a preparar la ruta de esa jornada.
Decidimos visitar entre otras cosas la presa de La Almendra y la central hidroeléctrica de El Salto de Aldeadávila.

Cargamos un par de trastos en las motos, repostamos y ¡¡¡A rodar!!!

Ponemos rumbo a Fermoselle, para después, bajar hacia La Almendra, así vamos dando un rodeo que la carretera promete.
Lo bueno de rodar por esas carreteras es que están prácticamente desiertas y la tranquilidad es absoluta, pudiendo relajarte y disfrutar al mismo tiempo de la carretera y del paisaje, totalmente diferente al frondoso paisaje verde del norte.
Carreteras estrechas, de asfalto viejo y descarnado en algunos tramos, nos guían hasta Fermoselle, estamos cerca de Portugal y dudamos sobre si acercarnos o no. Al final decimos seguir con lo planeado y nos vamos al embalse de Almendra.





Este impresionante embalse de Almendra es, por volumen, la tercera más importante de España. Como curiosidad decir que sus aguas sumergieron el 17 de Septiembre de 1967 el desaparecido pueblo de Argusinos. Sus desniveles alcanzan en algunos puntos los 400 metros, tiene una longitud de 3.036 metros, una extensión de 8650 hectáreas capaces de albergar 2.586 hectómetros cúbicos y sus 202 metros de altura la convierten en la más alta de Europa Occidental.

Esperábamos encontrarnos con un pequeño “mar” de interior, pero en su lugar nos encontramos con un espectáculo poco esperanzador. Y es que todo el calor que llevábamos sufriendo durante el viaje tenía una razón de ser: Nos encontrábamos en uno de los años más caluros y secos de la historia reciente de España y el embalse parecía un fantasma de si mismo. Sin alma. Sin agua.

Tras atravesar la presa nos detuvimos en un pequeño bar de carretera para refrescarnos y reponer fuerzas.
Un buen rato después estamos de nuevo en carretera. De nuevo solos.
La carretera es un poco anodina y aburrida y el calor no ayuda precisamente a hacerla más llevadera, así que con más voluntad que ganas conseguimos llegar a nuestro siguiente objetivo: El Salto de Aldeadávila.







Esta presa es una de las obras de ingeniería más alucinantes de España y Europa y que añade a la magnificencia de su construcción el precioso paisaje de su ubicación, ya que está construida en un profundo cañón en el tramo en que el río Duero hace de frontera natural entre España y Portugal. La pena es que no todo esta a la vista y nos quedamos con las ganas de ver sus entrañas: una extensa red de túneles cavados en la roca de más de 12 km de extensión. Los mismos túneles en los que se rodaron las escenas finales de la película “La Cabina” de Antonio Mercero.




Sudorosos y cansados pero satisfechos llegamos a la parte alta de la central, desde donde podemos ver el precioso cañón y la presa desde lo alto. Dio la casualidad que mientras estábamos literalmente tirados a la sombra comenzaron a funcionar los aspersores de un pequeño jardín de la central y Juancar ni corto ni perezoso se puso a pasear con los pies descalzos por la hierva. Cualquier truco valía con tal de combatir el calor jejejeje
Después de un pequeño descanso llego la hora de ir replegándonos así que tras decidir la ruta de vuelta a casa nos retiramos sin más novedad hasta el día siguiente.

La Alberca y la Peña de Francia serían nuestros principales destinos.

Pero eso, es otra historia....

lunes 23 de febrero de 2009

Ancha es Castilla... (parte II)

Al siguiente día volvimos a salir a La Bañeza, a ver las carreras. De ese modo pasamos tranquilamente la mañana hasta la hora de continuar el viaje.

Si el día anterior fue caluroso este no iba a ser menos y es que ya desde primeras horas el sol caía a plomo, tanto que parecía que iba a derretir hasta las motos.

Después de comer salimos hacia Salamanca. Pensábamos tardar un par de horitas, tres a lo sumo tomándonoslo con calma. Sin embargo no contábamos con el calor.

Y es que hasta la temperatura del aire abrasaba. Era casi imposible aguantar encima de la moto. El calor que desprendían los motores nos achicharraban las piernas, al abrir las viseras de los cascos en vez de aliviarnos con la brisa lo que ocurría es que era como abrir la puerta de un horno. El aire caliente nos secaba e irritaba los ojos como si estaríamos en el infierno. Ni abriendo las cremalleras de las cazadoras encontrábamos un momento de respiro.

No recuerdo cuantas veces tuvimos que parar, pero puedo asegurar que fueron muchas, muchísimas.
Los bares con aire acondicionado nos parecían un autentico paraíso de los que nos costaba horrores tener que salir.
Al final decidimos quedarnos en un bar hasta que bajase un poco la temperatura porque ya no podíamos más. Nos iba a dar algo.

Habíamos salido hacia las cuatro de la tarde de La Bañeza y a las 8 aún no habíamos sido capaces de llegar a Salamanca.

Cuando por fin decimos rodar ya del tirón nos ocurrió la anécdota del día.

Por fin rodábamos a gusto, la temperatura era agradable y el tráfico era prácticamente inexistente, así que aprovechamos a darle al mango por eso de recuperar el tiempo perdido.
En un momento dado rodábamos a unos 170 km/h. Yo iba abriendo camino por una larguísima recta a trabes de las dehesas Salmantinas. De pronto y sin que me diese tiempo a reaccionar observe por el rabillo del ojo derecho como se dirigían hacia mi y por el aire tres veloces puntos negros.

Tres golondrinas psicópatas y ávidas de emociones fuertes se lanzaban derechitas hacia mi para, en el último momento, esquivarme con el quiebro rápido y perfecto de su vuelo.
Sin embargo, la tercera golondrina, un poco más torpe y lenta que sus compañeras no calculo correctamente las distancias, golpeando fuertemente contra mi puño derecho y saliendo rebotada hecha una pelota de plumas.

Ni que decir tiene que el susto que me pegue fue tremendo, el guante había quedado cubierto con una amalgama de sangre y plumas que yo no podía dejar de mirar con cara de estupefacción dando gracias de que hubiese sido una ligera golondrina de unos pocos gramos y no un bicho más grande porque si no la anécdota podía haber sido algo mucho peor.


Así, después de 6 largas horas y un pajaricidio, por fin llegábamos a nuestro destino: Peralejos de Arriba.
Desde allí empezarían las rutas de nuestros próximos 3 días.

Pero eso, es otra historia……

viernes 12 de diciembre de 2008

Ancha es Castilla... (Parte I)

El día de la partida amaneció radiante, el pronostico del tiempo para esa semana era además alentador salvo por un pequeño detalle.
Y ese detalle no era otro que el anuncio de la llegada de una ola de calor a la Península. El sol sería nuestro compañero de viaje, aunque tal vez terminaríamos echando de menos un poco de refrescante lluvia….

Pasé a recoger a Juancar a primera hora de la mañana, lo cual fue todo un logro, dada la animadversión de Juancar a madrugar.
Contra todo pronóstico salimos casi a la hora prevista y eso que tuvimos que terminar de fijar los bultos de su moto. Pero con un poco de paciencia y unos buenos pulpos problema resuelto.

Con los nervios a flor de piel nos dimos un apretón de manos y nos deseamos un buen viaje para animarnos aún más.
Un instante después metíamos primera y comenzábamos nuestro pequeño gran viaje.

Sorprendentemente la primera parte del viaje transcurrió sin el más mínimo incidente, por lo que rápidamente llegamos a La Bañeza.
El pueblo parecía absolutamente invadido de moteros. Mirásemos donde mirásemos todas las terrazas y chiringuitos estaban tomadas por individuos vestidos “de marciano”. Las motos se agolpaban por todas las esquinas dando un espectáculo lleno de colorido que niños y mayores contemplaban con gran curiosidad.

Después de una pequeña vuelta para reconocer el terreno aparcamos las motos y fuimos a refrescarnos.
El calor apretaba de de lo lindo, dando avisos de lo que nos esperaría más adelante.
Aún quedaba un buen rato para que comenzasen los primeros éntrenos así que nos dedicamos a pasear por las calles del pueblo mirando y curioseando entre todas las motos allí aparcadas. Todas tenían su sitio, desde los últimos y más actuales modelos hasta las venerables máquinas cargadas de años y kilómetros en sus alforjas.

Faltando poco tiempo para el inicio de la primera sesión buscamos un sitio desde donde poder ver los éntrenos de la manera más cómoda posible. Resumiendo: terminamos “cómodamente” sentados en la barandilla de un muro de una casa cerrada y cuando la barandilla hizo un bajorrelieve en nuestros sufridos traseros acabamos tirados en un bordillo entre las balas de paja que servían de protección a los pilotos más fogosos, vamos, lo que se dice a pie de pista.

Por fin comenzaron las tandas clasificatorias, la verdad es que es un autentico espectáculo, desde la categoría pre-G.P. de las pequeñas 125 hasta las estruendosas clásicas de 4T.
Las 125 con su rapidísimo paso por curva y sus valientes pilotos jugándose el tipo apurando hasta el límite los bordillos y muros del circuito te dejan boquiabierto.
Por su parte, las preciosas y magníficamente restauradas clásicas acompañadas de sus pilotos ataviados con unos evocadores cascos replica de Joey Dunlop, Barry Shenne, Phill Read y compañía parecen transportarte a épocas pasadas.

Entre tanda y tanda pasamos la tarde hasta la hora de salir de allí. No pudimos quedarnos a la fiesta nocturna ya que pasaríamos la noche en casa de unos familiares de Mertxe a 30 km de La Bañeza y no era plan de llegar a las mil.
.
Salimos hacia Santibañez de Vidriales. 30 kilómetros. Media horita como mucho. O eso creíamos…

Media hora y casi 50 kilometros después seguía sin haber ni rastro de Santibañez.
Resulta que en las afueras de La Bañeza nos colamos, me colé, a la salida de una rotonda y claro, no me di cuenta hasta que que los kilómetros pasaban y no llegábamos nunca.

Decidimos continuar ya que pensábamos que un poco más adelante había un desvío por el que poder llegar a nuestro destino.
Resultado: ¡¡Nos volvimos a perder!!.

Totalmente empanados como íbamos nos saltamos el desvío que estábamos buscando y tardamos otro buen rato en darnos cuenta.
Llevábamos unos 100 kilómetros, había comenzado a anochecer y no teníamos ni la más remota idea de donde estábamos.
No nos quedó más remedio que dar la vuelta y buscar con calma el desvío.

Entre tanto ya había anochecido y no veíamos nada, todo estaba sumido en la más completa oscuridad. Ralentizamos un poco más la marcha, no podíamos permitirnos más errores, aquello empezaba a ser humillante.
Y lo cierto es que el haber ido tan despacio nos salvo de un buen disgusto.

La carretera por la que rodábamos discurría por la Sierra de la Cabrera, una zona sinuosa y con bastante vegetación a ambos lados de la carretera.
De repente, a pocos metros de mi rueda delantera, una sombra enorme pasó como una exhalación dándome un tremendo susto. La sombra resulto ser un Jabalí al que no se le ocurrió mejor idea que cruzar la carretera en el mismo momento en que nosotros llegábamos. Afortunadamente para el, pero sobre todo para nosotros, rodábamos muy despacio y atentos a la carretera, si no hoy tendría unos guantes de piel de Jabalí.

Poco después encontrábamos el dichoso desvío y ya no hubo más problemas para llegar a nuestro destino.

30 kilómetros. Media hora. Quizá para otros….

¡¡Nosotros los convertimos en unos 150 kilómetros y casi tres horas!!. Pretendíamos haber llegado sobre las 9:30 de la noche y llegamos a eso de las 12:00. Lógicamente al llegar no nos quedó más remedio que pedir disculpas, dar explicaciones y aguantar los burlones comentarios sobre nuestra capacidad de orientación.

Pero ya habíamos llegado y estábamos pletóricos. Habíamos completado el primer día de viaje y al día siguiente continuaríamos con nuestra aventura.

Pero eso, es otra historia….

domingo 7 de diciembre de 2008

El Foral.

Después del día de la nevada, el invierno pasó sin pena ni gloria. Obviamente no dejamos de rodar pero os puedo asegurar que antes de salir mirábamos dos veces el parte meteorológico….

Llego la primavera y con ella nuestro ritmo de salidas se fue intensificando.

Cada nueva ruta traía consigo alguna anécdota, peripecia o desastre que nos hacía partirnos de risa y desear volver a salir al día siguiente.

Como aquella vez que nos pararon los forales, bueno, o al menos lo intentaron con Juancar.

Recorríamos una de nuestras carreteras favoritas, la N-130 entre Tolosa y Lekunberri. El buen tiempo nos había calentado la sangre y rodábamos animados, pero sin pasarse jejeje.
En un momento dado salíamos de una curva de derechas y enfilábamos hacía una larga recta estirando marchas haciendo aullar los motores por encima de las 10.000 vueltas.

De repente apareció. El maldito estaba emboscado a la orilla de la carretera y al oírnos llegar salió de su escondite.
Aquel foral nos hacía evidentes señales para que nos detuviésemos. Desenrosque el puño del gas y me disponía a frenar cuando sucedió algo que me descolocó por completo.

Lejos de detenerse, Juancar, al más puro estilo Gosht Rider aceleró aún más haciendo caso omiso a las indicaciones de aquel policía continuando su camino.
Absolutamente atónito contemple la escena, tanto es así que me olvide completamente del agente e incluso de frenar.
Pero aquel tipo no estaba dispuesto a dejar escapar su presa tan fácilmente. De un salto se colocó en mi trayectoria con la mano derecha en alto y haciendo sonar su silbato.
Con una frenada digna del mismísimo Schwantz me detuve a pocos metros de el.

Reconozco que estaba un pelín acojonado. La estampida de Juancar había sido impresionante y estaba convencido de que iba a pagar por los dos.
Para mi sorpresa y tras pedirme la documentación no me dijo nada, pero tardaba demasiado en devolverme mis papeles.
No me importo ya que tenía todo en regla y, en principio no había hecho ninguna irregularidad demasiado gorda.
El foral parecía dispuesto a darme algún recordatorio de aquel día, así que tras estudiar minuciosamente mi documentación me dice:
-La cúpula que llevas instalada no consta en la documentación.

Estaba alucinando. ¡Me quería denunciar por la cúpula!. Menudo disparate.
Tras un rato de discutir con el intentando hacerle ver que no era ninguna reforma de importancia de la moto, se acerco por fin su compañero.
Cuando le explique lo que estaba sucediendo casi se hecha a reír, por lo que tras dedicarle una significativa mirada a su compañero del tipo ¡ya te vale…! me devolvió mi documentación y me dejo seguir mi camino sin más.

Satisfecho porque el encontronazo con Harry El Sucio había terminado en nada continué hacia delante. No había rastro de Juancar y no era capaz de entender porque había actuado así.

Lo encontré esperando a la entrada de Lekunberri, se había quitado el casco y una sonrisa burlona se dibujo en su cara al verme.

-Joder, ¿pero que coño ha pasado? ¿Por qué has salido disparado?
-Bueno, es que nada más ver al foral me he acordado que no llevo la documentación de la moto, ni el carnet de conducir, ni el seguro ni nada…..Me lo he dejado todo en la otra cazadora y por no dar explicaciones pues he seguido.

Después de aquello caí en la cuenta de que las cosa más extrañas sucedían siempre cuando Juancar iba abriendo ruta.
Diga lo que diga tenía, y tiene, una atracción natural para los desastres.

Tiempo después de aquello, al abrigo de un par de tazas de café en algún bar de carretera, comenzamos a dar forma al siguiente paso.
-¿Por qué no nos vamos de viaje? Con las motos. Salir y hacer camino, sin pensar en la vuelta durante unos días.

Le miré sorprendido. Hasta entonces no lo había pensado. No al menos seriamente, pero la idea me atraía muchísimo.

Tras mucho cavilar decidimos nuestro primer destino. En verano nos iríamos una semana a recorrer las tierras de Salamanca, previo paso por uno de los mejores eventos moteros españoles: El G.P. de La Bañeza. Unas carreras en circuito urbano con un ambiente insuperable.

Por fin llegó agosto y nuestro viaje era inminente.

Pero eso, es otra historia….